Rusia celebra división entre EU y Europa por el «agarrón» de Groenlandia

En los pasillos del poder en Moscú, el ambiente se siente de júbilo. No es para menos: el Kremlin observa, casi con asombro, cómo una de sus estrategias más añejas empieza a dar frutos sin que ellos tengan que mover un solo dedo. La reciente discordia entre Estados Unidos y sus aliados europeos, detonada por las polémicas propuestas del presidente Donald Trump sobre el territorio danés de Groenlandia, le está haciendo la «chamba» a la política exterior rusa.

Desde hace décadas, la directriz en Moscú ha sido clara: abrir una brecha permanente entre Washington y las capitales europeas. El objetivo siempre ha sido dividir para debilitar a sus adversarios tradicionales en Occidente. Durante años, Rusia ha metido presión mediante sabotaje y campañas de desinformación diseñadas para socavar a las instituciones occidentales, a las que ven como el principal obstáculo para sus ambiciones territoriales y sus sueños de recuperar el peso pesado que tenían en la era soviética.

La joya de la corona en esta lista de deseos rusos ha sido la ruptura de la OTAN. Esta poderosa alianza militar occidental, que durante 80 años ha servido como dique de contención contra las amenazas de Moscú, es una obsesión particular para el Kremlin, especialmente desde que utilizaron el argumento de una supuesta expansión de la alianza para justificar su brutal invasión a gran escala en Ucrania hace casi cuatro años.

Ahora, la perspectiva de que la unidad occidental se fragmente por un tema tan improbable como Groenlandia resulta casi increíble para los estrategas rusos. Las propuestas de Trump hacia el territorio danés, calificadas de indeseables por los europeos, y sus amenazas de imponer aranceles extraordinarios a los aliados que se opongan a una toma de control estadounidense, han generado una tensión interna que ni la mejor operación de inteligencia rusa habría logrado.

Rusia se limita a «ver los toros desde la barrera». Observan con atención cómo sus viejos rivales se consumen en pleitos internos, desgastando la cohesión que tanto trabajo les costó construir tras la Segunda Guerra Mundial. La posibilidad de que la OTAN implosione por una disputa sobre una isla helada, y no por una confrontación militar directa, es un escenario soñado para Vladímir Putin.

La situación no pasa desapercibida en Bruselas. Kaja Kallas, la jefa de política exterior de la Unión Europea, puso el dedo en la llaga recientemente en la plataforma X. Tras las amenazas arancelarias de Trump, Kallas observó con agudeza: “China y Rusia deben estar pasándosela en grande”.

La declaración de la funcionaria europea confirma la lectura que se hace desde este lado del Atlántico: cada grieta en la relación transatlántica es una victoria neta para los intereses geopolíticos de Rusia y China, que ven en la desunión de Occidente una oportunidad de oro para avanzar sus propias agendas globales.

Mientras en Washington y las capitales europeas siguen los «dimes y diretes», en Moscú simplemente esperan y sonríen, viendo cómo la arquitectura de seguridad occidental cruje bajo el peso de sus propias contradicciones políticas actuales.

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